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Síndrome de Hubris… el ego en su máximo esplendor

por @patsierra
Desde hace un tiempo, el Dr. Nelson Castro, periodista y médico neurólogo, sostiene que Cristina Fernández, presidente de Argentina en funciones hasta las 00:00 hs. del 10 de diciembre de 2015, sufre el Síndrome de Hubris. Desde la historia y la literatura, vamos a contar sobre la enfermedad del poder, que es mucho más común de lo que imaginamos.

Hace muchos años, Ernest Hemingway escribió: “El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”, sorprendido de ver a muchas personas que pierden el contacto con la realidad luego de alcanzar un puesto de autoridad. Tal como cuando el cuerpo incuba una enfermedad, la sintomatología descripta es muy curiosa: como un adicto en síndrome de abstinencia necesitan recibir elogios constantes, hasta lograr el sentimiento de “ser el elegido para liderar una misión”, porque creen estar más allá del bien y del mal.

¿Hay algún virus o una bacteria que produce esta enfermedad? No, es algo que en un microscopio no aparece, es el famoso “Hubris”.

¿Qué es el “Hubris”?

Los griegos fueron quienes acuñaron ese término, para designar el error clave que cometían los héroes: “creerse superior al resto de los mortales”. El “Hubris” (palabra que deriva del término heleno “Hibris”) es el desborde del ego, tan peligroso, que quien lo posee cree tener la capacidad de enfrentarse a los mismos dioses.

La mitología tiene muchos ejemplos de personajes que cayeron rendidos al canto de su soberbia, como Aquiles quien encolerizó a los dioses al desobedecer su prohibición de ultrajar el cadáver de Héctor. Ícaro, que con unas alas fabricadas con plumas y cera subió creyendo que podía volar tan alto como los dioses para llegar al Olimpo.

La arrogancia de ambos fue castigada, los dioses detestan estas actitudes, entonces Aquiles murió a manos de Paris, el hermano de Héctor; y el sol derritió la cera de las alas de Ícaro, de modo que el altivo joven cayó al mar, en cuyas aguas desapareció para siempre.

Los dioses observan… porque después del Hubris llega la Némesis, que es como designan los griegos a la desgracia con que castigan la arrogancia de algunos humanos.

El Hubris era simplemente un concepto moral, pero los atenienses lo incorporaron a su código legal, definiéndolo como lo explica el historiador Enrique Suárez Retuerta: “La violencia ebria que los poderosos ejercían contra los débiles y la arrogancia grosera de quienes ostentan el poder”.

Yo… Claudio

Claudio, considerado uno de los mejores emperadores romanos por los historiadores tal como lo relata Robert Graves en su biografía novelada, comenzó su reinado siendo prudente y preocupándose por el bienestar de sus súbditos, hasta que el ego talló y se empezó a obsesionar con la imagen que los demás tenían de él, claro, no era perfecto y además de su tartamudez, sufría de aerofagia. En ocasiones le era imposible retener sus gases y se sentía avergonzado de emitirlos en público. Preocupado por no encontrar solución a su problema, su médico personal, un griego llamado Jenofonte, lo convenció para que promulgue un edicto que obligaba a sus cortesanos a tirarse dos gases por cada uno que él emitiera. De acuerdo a Suetonio en Los doce césares, ese edicto marcó el punto de inflexión a partir del cual el emperador pasó de ser un gobernante comedido a dar rienda suelta a sus caprichos.

Fines del S. XX. Hubris sigue presente. En el presidente de Ecuador José Abdalá Bucaram. Fue presidente de Ecuador durante el período comprendido entre el 10 de agosto de 1996 y el 6 de febrero de 1997, siendo destituido por el Congreso de Ecuador.

Comenzó su mandato aplicando medidas sociales y esforzándose por enderezar la situación económica del país. Mientras concretaba sus logros políticos, su comportamiento era cada vez más extravagante y errático, creó su propio programa de televisión en el que incluía “sesiones de karaoke” donde cantaba, actuaba junto a un grupo llamado “Los Iracundos”, e incluso intentó contratar a Diego Armando Maradona como asesor personal por un millón de dólares al año.

Némesis era inevitable… Bucaram fue destituido de su cargo por “incapacidad mental”.

Aduladores perjudiciales

Un gobernante equilibrado, no tiene problemas porque no se conecta con Hubris, contando con que con su buen tino, tiene colaboradores que no lo adulan. Dicen que el equipo de Barack Obama, tuvo su mayor reto controlando el ego del Presidente de los Estados Unidos, de acuerdo a un artículo del Chicago Tribune. Afortunadamente, el equipo de campaña era el correcto, porque otros gobernantes tienen un equipo de aduladores, que no solo le hacen daño a él, sino al país que presiden. Tal como dice John Locke: “La adulación es un vicio horrendo que empobrece al que lo recibe, aunque le haga creerse un dios”.

Amistades Peligrosas

Otro emperador romano, Marco Antonio Basiano, conocido como Caracalla, tuvo generosas iniciativas políticas, como otorgar la ciudadanía romana a los habitantes de las nuevas provincias del Imperio, pero esas iniciativas no impidieron que su ego se dispare hasta límites insospechados, oponiéndose a las facciones críticas del Senado, diciéndoles: “Sé que no os gusta lo que hago, pero por eso poseo armas y soldados, para no tener que preocuparme de lo que penséis de mí”.

Caracalla se rodeó de una corte de aduladores que le decían que él era tan grande como Aquiles. Al emperador le gustó tanto aquella comparación que hizo envenenar a su mejor amigo, Festus, para agasajarle con un funeral tan suntuoso como el que el mítico héroe griego celebró en memoria de su compañero Patroclo.
En este caso, la némesis no pudo ser más cruel, dado el grado de endiosamiento de Caracalla. El emperador sintió la necesidad de defecar mientras iba de viaje, saltó de su litera (cama camarote) y se ocultó tras unos arbustos para hacerlo, y en ese momento fue apuñalado por uno de los soldados de su escolta.

Aunque Caracalla no fue el primero ni el único líder que se ha creído un dios, lo que no es habitual es que ese proceso de autodivinización afecte partes concretas de la anatomía de la persona. Fue el caso del general y presidente de México Antonio López de Santana, quien, tras una brillante carrera militar (entre cuyos triunfos figura la destrucción de El Álamo), llegó a calificarse como “el nuevo Napoleón”. En 1842, tras un ataque a la ciudad de Veracruz tuvieron que amputarle la pierna izquierda. López de Santana la hizo enterrar con honores militares, pero aquello no fue suficiente. Uno de sus colaboradores, el coronel Rafael Muñoz, le dijo que toda la nación debía ser testigo del sacrificio que había hecho por la patria, y lo convenció para que desenterrara la extremidad y la llevara a México capital. Allí, Santana volvió a darle sepultura, pero con todos los honores de un funeral de Estado. La pierna fue inhumada en un ataúd cubierto con la enseña nacional.

Tal ejercicio de orgullo tuvo una némesis a la altura. Santana se puso una pierna de madera. En 1847 estalló una nueva guerra contra Texas, y el general salió al encuentro de sus enemigos. Cerca de la localidad de Cerro Gordo ordenó a sus tropas hacer un alto, porque estaba cansado y de­sea­ba echarse una siesta. Sus oficiales le dijeron que no era prudente, pero Santana, convencido de que no había enemigos a su alrededor, les respondió: “Si Napo­león pudo dormir una siesta antes de Waterloo, ¿quiénes sois vosotros para impedirme hacer lo mis­mo?” Como si fuera un signo de mal agüero, el general cerró los ojos, y los abrió justo para ver cómo la caballería enemiga irrumpía en su campamento a tiro limpio, le rodeaban y finalmente se quedaban con su pierna ortopédica como trofeo.

Un ejemplo de manipulación manifiesta de aduladores, es la que tuvo Warren G. Harding, nombrado presidente de Estados Unidos en 1921. Este estadista se rodeó de una camarilla de amigotes a los que apodaron “la banda de Ohio”, con los que jugaba al póquer dos veces por semana en la Casa Blanca.

Aquellos sujetos sabían cómo tratar a un tipo tan maleable como Harding, ya que lo dejaban ganar y alababan sus dotes de buen jugador y su temple. El resultado fue que en aquellas partidas salían a relucir algo más que full de ases y tríos de reyes, porque los jugadores conseguían arrancar del presidente concesiones, contratos y apoyos para negocios de dudosa legalidad.

Durante varios años, el presidente vivió en la más completa ignorancia, y cuando los primeros rumores sobre las corruptelas de sus amigos llegaron a sus oídos, reaccionó con indignación y proclamó: “Ellos jamás me traiciona­rían de esa manera… Mis amigos guardan mis sueños y ayudan a guiar mis pasos”. Cuando las pruebas fueron más que evidentes, Harding no fue capaz de soportar el oprobio. Dicen que quiso presentar la dimisión, pero no pudo hacerlo ya que la némesis le llegó con la forma de un infarto fatal.

Se necesita un baño de humildad

Dicen los expertos que la mejor cura para el ataque del síndrome de Hubris es un baño de modestia. Lo sabían muy bien los romanos, quienes crearon la figura del servus publicus, un esclavo que acompañaba a los generales victoriosos susurrándoles al oído la frase: “Recuerda que eres mortal”. Igualmente, una antigua costumbre vaticana prescribía que el nuevo pontífice, tras su elección, debía tumbarse en el suelo antes de sentarse en el trono pontificio, en señal de humildad. Aunque no parece que ni a unos ni a otros les sirviera demasiado. De hecho, no han faltado ni emperadores ni papas egomaníacos.

Como Benedicto IX, que accedió al trono de San Pedro siendo solo un niño de once años, gracias a que su padre le compró el cargo. El pontífice se comportó como un adolescente caprichoso que hacía y deshacía a su antojo, cegado por el poder que tenía en sus manos. Aburrido al cabo de unos años, revendió el cargo a Juan de Graciano, que se coronó con el nombre de Gregorio VI. Pero una vez fuera de Roma, a Benedicto le entró el deseo de volver a ser papa y organizó un ejército, con el que asaltó Roma para deponer a su sucesor.

Poca cosa, en el fondo, si se le compara con Saparmyrat Nyazov, político que se autoproclamó presidente vitalicio (un bonito eufemismo de dictador) de la república de Turkmenistán. Como otros tantos líderes, llegó al poder con la intención de ejercer una especie de despotismo ilustrado que mejorase las condiciones de vida de su pueblo. Pero al cabo de un tiempo, a sus intenciones se les cayó el adjetivo ilustrado y se quedaron simplemente en despóticas. Cambió el nombre de los meses y de­cretó un nuevo ciclo vital en el que la infancia terminaba a los trece años y la adolescencia a los 25, tras la cual venía una nueva etapa que denominó edad profética, que duraba hasta los 49.

Precisamente, en ese período todos sus súbditos estaban obligados a leer el Rujnama, un tratado político espiritual escrito de su puño y letra. Según sus propias palabras: “Quien lo lea tres veces se volverá más inteligente, reconocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso”. En fin…

Pero no hace falta ser un tirano todopoderoso para convertirse en víctima potencial del Hubris. Con ejercer un cargo más o menos discreto ya se está corriendo el riesgo, como demostró recientemente el caso de Roman Abramovich. El magnate ruso fue elegido en el año 2000 gobernador de Chukotka, una de las regiones más remotas y subdesarrolladas de su país.
Sus habitantes lo votaron con la creencia de que un líder multimillonario podría impulsar la economía local, pero sus esperanzas se truncaron cuando descubrieron que Abramovich estaba más interesado en utilizar su recién estrenado cargo para hacer realidad un sueño digno del mayor megalómano: construir un túnel transocéanico que uniera a Asia y América con un tren de “levitación magnética”.

Los habitantes de Chukotka manifestaron en numerosas ocasiones su rechazo al magnate, pese a lo cual sigue en su puesto, ya que su amigo Vladimir Putin abolió las elecciones, para evitar que no saliera reelegido, y le reafirmó personalmente en el cargo. Y así siguen las cosas: el pueblo peleando para salir adelante en este mundo canalla y Abramovich regalándole a su novia una parcela en la Luna mientras estudia la manera de hacer realidad su colosal sueño del túnel submarino.

Y hoy… termina el ciclo de Cristina Elisabet Fernández, en un clima vergonzoso, poniendo palos en la rueda para no transmitir el mando al presidente electo por el pueblo, la justicia tuvo que intervenir para informarle el fin de su cargo… ¿Cristina Elisabet Fernández, debería tener miedo al Némesis?

Acerca de Pat Sierra (195 Artículos)
Periodista, guionista conductora de Radio y TV y bloguera. Coeditora de "Se Dice Ciencia". Realizó su carrera en radio, televisión y gráfica. Se destaca su paso por América Noticias, Crónica TV, y los ciclos propios “Para quererte mejor” en cable y “Cóncavo y Convexo” en radio, entre otros. Sus guiones “El conventillo de los sueños” y “Domador de Tormentas” han sido galardonados por Argentores, así como su monólogo “Deprimida en la peluquería” que está incluido en el libro “La cocina de los dramaturgos”. Su blog “Patricia Sierra… ¿sólo sueños o mi propia realidad?” está en la web desde 2007. Periodista Científica egresada del Instituto Leloir promoción 2014

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