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El hechizo de Darwin

Por Marco Quelas

En 1859 se publicó El origen de las especies, libro en el que Charles Darwin sentó las bases de la teoría de la evolución.

A pesar de su repercusión, el común de la gente desconoce los detalles de la vida de su autor  y las vicisitudes que rodearon la gestación de uno de los libros científicos más influyentes de todos los tiempos.

Pocos hombres de ciencia lograron traspasar la frontera que los convierte en mitos. Pocos son los que se han instalado en el inconsciente colectivo como sinónimo de una idea o un concepto. Charles Darwin integra ese pequeño grupo de elegidos. Su cara es familiar para la mayoría de la gente pero, ¿sabemos quién fue Charles Darwin?

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Lo que sigue es una semblanza del científico más importante del siglo XIX, un hombre cuyas ideas no sólo revolucionaron el mundo de la ciencia sino que definieron –de una vez y para siempre- el lugar que ocupa el hombre en la Naturaleza.

Parece ser que Darwin fue un hombre trabajador y tranquilo. Al regresar de su viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle se instaló en House Down, una casa de campo que adquirió, cercana a Londres, y comenzó a organizar las notas que había tomado en el transcurso de su periplo.

Sus biógrafos relatan que era un hombre metódico que organizaba su día en función del trabajo y al que no le gustaba perder el tiempo. Con relación al paseo que Darwin daba todos los días por la tarde, su hijo Francis llegó a comentar: «En esto era tan puntual que se podía asegurar que eran las cuatro y minutos de la tarde cuando se oían sus pasos bajando la escalera».

Darwin se casó con Emma Wedgwood, su prima, y tuvo 10 hijos.

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Su vida familiar era apacible y su esposa −una persona muy religiosa−, siempre lo apoyaba en sus actividades relacionadas con la ciencia.

 Se dice que Darwin, que comenzó a tomar apuntes para El origen de las especies en julio de 1837, postergó durante más de 20 años su publicación no sólo porque buscaba documentar con más detalle cada idea de su libro, sino porque intuía con acierto que sus implicaciones sobre el origen del hombre podían herir los sentimientos de su esposa.

Lyell famoso geólogo y amigo de Darwin lo apremiaba para que publicara su libro, temeroso de que otro le ganara de mano. Pero Darwin, por los motivos ya mencionados, se demoraba. En el ínterin recibió una carta, fechada el 10 de octubre de 1856 en Célebes, en donde Alfred Russell Wallace, un naturalista viajero, le exponía concisa y claramente los fundamentos de la misma teoría que él estaba desarrollando. La reacción de Darwin fue de sorpresa y desazón. En palabras que luego le confiaría a Lyell: «No he visto nunca una coincidencia más curiosa. ¡Si Wallace hubiera tenido mi esquema manuscrito del año 1842 no hubiera podido hacer un resumen mejor de él!»

 Siguiendo el consejo de sus amigos Lyell y Hooker hizo un resumen de su manuscrito, lo adjuntó al de Wallace y lo envió para su publicación conjunta en la revista de la Sociedad Linneana. De esta manera la prioridad era compartida y se hacía justicia a ambos autores.

Darwin, azuzado entonces por las circunstancias, se apresuró a terminar su libro.

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La tarea le llevó 13 meses y 10 días de arduo trabajo. La primera edición se publicó el 20 de noviembre de 1859. La tirada fue de 1250 ejemplares que se agotaron el primer día, dando cuenta de la expectativa que generaba el tema entre la gente común y los naturalistas de la época.

Una vez publicado el libro y viendo Emma la forma unilateral en que era utilizado, escribe a su esposo alertándolo sobre el peligro de considerar sus puntos de vista como definitivos, de dejar afuera otras cuestiones que “no se pueden demostrar” pero que son igualmente importantes.

Hacia el final de la carta lo invita a buscar la verdad con renovado fervor y para ello le recuerda el ejercicio de la oración.

Darwin, que casi nunca conservaba las cartas que recibía (las clavaba en un gancho de alambre y al cabo de cierto tiempo las quemaba) guardó esta carta celosamente. En uno de los márgenes escribió: «Cuando esté muerto sabrás que muchas veces besé estas palabras y lloré sobre ellas».

 Darwin hablaba en su libro sobre temas de “historia natural” que podían herir a espíritus susceptibles, y así fue que las primeras críticas no tardaron en hacerse oír. En este sentido, el clero fue el que primero reaccionó.

El libro fue  malinterpretado al decir que sugería que el hombre descendía del mono.

Esta frase Darwin jamás escribió ni sostuvo y que, con variantes, el obispo de Wilberforce hizo famosa al preguntarle durante un debate a Huxley (que era un acérrimo defensor de Darwin, hasta el punto de ser llamado “el bulldog de Darwin”) si descendía del mono por rama materna o paterna. Huxley, que era un hombre combativo, no se amilanó y contestó que si le daban a elegir entre tener como ancestro a un mono o a un hombre que utilizaba su inteligencia para falsear los hechos de la realidad, entonces prefería al mono.

 Peleas aparte, el libro se reeditó y volvió a agotarse. Para 1872 ya se habían hecho seis ediciones en inglés y en 1873 y 1877 se publicaba por primera vez en francés y español, respectivamente.

Un punto flojo dentro de la teoría de Darwin era que no tenía un mecanismo sólido para explicar la herencia.

Gregor Mendel (el padre de la Genética) había publicado sus trabajos en 1866, pero estos pasaron inadvertidos para  Darwin porque fueron publicados en las actas de la Sociedad de Historia Natural de Brûnn a las que no tuvo acceso en toda su vida.

 Recién en 1900 los trabajos de Mendel fueron redescubiertos y no es sino hasta 1953 en que Watson y Crick descifran la estructura de la molécula de la herencia (el ADN), que los genes empiezan a incorporarse al esquema de la evolución.

Pero, ¿dónde está la génesis de todo? Se dice que en su niñez Darwin no era un estudiante especialmente dotado, sino más bien “del montón”.

Siendo adolescente quiso infructuosamente estudiar medicina, sin embargo presenciar un par de operaciones sin anestesia (en una ocasión, de un niño) lo disuadió. Paradójicamente, más tarde empezó sus estudios de Teología para convertirse en pastor, y lo hubiera sido de no llegar una oportunidad para embarcarse en el Beagle −un viaje de iniciación, como los que suceden en muchas novelas− para levantar un plano de la parte sur de la Tierra del Fuego.

 Nada hacía suponer que estos inicios tan poco prometedores pudieran presagiar el futuro que lo aguardaba. Alguna vez, ya de grande, le preguntaron qué cualidades destacaba de sí mismo, qué era lo que él mismo juzgaba como remarcable en su persona. Darwin respondió tenacidad.

A más de 150 años de su publicación, el libro que cambió para siempre nuestra concepción de la Naturaleza y del lugar que ocupamos en ella, aún sigue despertando pasiones, adhesiones y rechazos, lecturas fervorosas de estudiantes que se sumergen, como en las mejores páginas de una novela, en las relaciones que hermanan a todos los organismos de la Tierra.

Muchos le reprochan a Darwin el haber “acercado al hombre a los animales y alejarlo de Dios”, a pesar de que él siempre se mantuvo al margen de esas discusiones.

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Por lo que dicen sus biógrafos y lo que él mismo expresa en su Autobiografía, era un hombre bastante espiritual. Baste señalar que durante las excursiones que hacía en su viaje en el Beagle, cuando debía caminar kilómetros sobre tierras y ríos inexplorados al acecho de criaturas desconocidas y de voraces mosquitos, y sólo podía cargar un libro en su morral, el que elegía para adentrarse en esos inciertos parajes era siempre El paraíso perdido, de Milton. Como vemos, Darwin sigue derramando su influjo.

Hay algo en su teoría que, más allá de su potencia científica, subyuga a quien la lee. Leerla es, al fin y al cabo, como contemplar una burbuja de jabón: belleza pura.

Como los paisajes, animales y plantas que él contempló en su viaje alrededor del mundo y que, intuía, estaban relacionados de una manera secreta que intentaría desentrañar con tenacidad, esa cualidad que le permitió revelar una verdad que hasta entonces permanecía oculta, a la espera paciente de quien supiera mirar.

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3 Comentarios en El hechizo de Darwin

  1. Maria Celia Callegari // 11 enero, 2015 en 2:56 am // Responder

    buenísimo el artículo sobre el Sr Darwin, sobre todo xq no fue un soberbio y respetó la obra civilizacional…..

    Me gusta

  2. magnus-magnus // 14 enero, 2015 en 8:12 am // Responder

    Insolita creencia aun actual de que el hombre desciende del mono.

    Le gusta a 1 persona

    • Muchas gracias por el comentario. Darwin era una persona pacífica y trabajadora. La publicación de su libro produjo encarnizadas discusiones de las que se mantuvo al margen. Le gustaba la reflexión serena en torno a los hechos de la Naturaleza. Y eso hizo la diferencia.

      Le gusta a 1 persona

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